sábado, 6 de agosto de 2011

A mi nada


Escribo porque es la forma más cobarde que tengo para decirte sin que te enteres que pienso en ti. Cuando el mundo se calla, cuando callo yo al mundo, cuando es de noche, cuando la noche se me echa encima. Tú, siempre tú. Quien me ha gritado, tirado, agarrado, amado, odiado, reprochado y perdonado. Quien ha escrito sabores en mi piel y ha borrado mares de mis ojos. Cruzaría un océano por cada lágrima que no soltases. Pero eso no importa, no te importa, no debería importarte. Muchas veces, cada día con más frecuencia, suplico a cualquier dios que mis sentidos se apaguen. Te los regalo, aunque ya eran tuyos por derecho. Tengo miedo. Tiemblo si cruzas la línea que transforma al aire en cristal, porque tengo la total certeza de que si das un paso más se romperá, y la distancia que separaba dos heridas abiertas desparecerá. Y yo simplemente volvería a entrar en tu gravedad, donde cada centímetro de mi te pertenece de una forma abstracta, que se iría tornando en calor, esforzándose por hacerse concreta en mis pupilas.

 Ahora soy la sangre que sale de tu herida. Siempre fui en potencia, pero tú, sólo tú, quisiste creer que era en acto. Me sujetabas  como si fuera de tus brazos hubiese un precipicio, y cuanto más fuerte me apretabas más miedo tenía de mirar. Creaste un mundo, un universo a tu única medida, me creaste. Y ahora empiezo a dudar si puedo respirar fuera de ese lugar. 

Tú, pequeño ser que ha despertado mi vida y la ha visto caer. Tú, que ignoraste que hay heridas que ni el amor puede cerrar. Tú que has sido mi sonrisa y mi sangre después. Has quemado mi inocencia y has borrado de mi mapa la ciudad de la esperanza. Hoy eres mi nada, y eres mi todo a la vez.

Esta noche no hay estrellas en mi cielo y sé que dónde tu irás habrá millones. He perdido entre tus lágrimas la sonrisa tierna con que te miraba viéndote dormir. Durante el día vendería mi alma por olvidarte, porque no llamaras, porque nada me recordase a ti. Sin embargo,  esta noche no soy sin tu recuerdo.

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