El corazón del hombre necesita creer en algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer. Eso dijo un hombre hace tiempo, un romántico patológico. No hablaba el escritor, no hablaba el crítico, no escribía su pluma. Sus dedos se movían al ritmo de mis latidos. Esta noche vuelvo a leer esas páginas. Siento la forma en que sus palabras me tocan como si por primera vez entendiese el verbo quemar. La manera que tiene de desnudar cada gramo de aire, y la fuerza con que la punta de su pluma me araña el alma. Conozco cada movimiento que hará su mano sobre mi conciencia. Sé cómo buscará a través del cristal la realidad que un día soñó y hoy encuentro yo en una copia corrupta de sus gestos. Aún así me quemo, le siento como si se pudiese echar de menos lo que no se conoce. Como si sus dedos siguiesen moviéndose para que yo misma no dejase de latir. Si una idea es la prolongación de tu palabra y extensión de tus manos no dejaré que el calor de tu pensamiento deje de nublar mi cuerpo. Tiemblo, miro al reflejo del espejo, te dedico mi grito.
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