El humo asciende en mi garganta, lo retengo antes de que por si mismo baile con mis dedos celebrando que ya es libre. La velocidad del mundo desaparece poco a poco, el baile es cada vez más íntimo. Mis párpados tardan en descubrir la belleza de esa densidad, mis pupilas crecen al mismo ritmo con que el humo acaricia los labios de quien sueña por un instante que todo a su alrededor se diluye. En ese mismo instante el cielo se vuelve azul, sostengo la tenue luz que intenta atravesar el único rincón de consciencia que me queda. A pesar de sus intentos, cierro los ojos y busco recuerdos de un futuro que nunca llegué a tener. Sonrío, también a pesar de los oscuros intentos de mi inconsciencia, me rio de mi misma. Siento como el humo extiende su densidad en mi cuerpo, se crece, se apropia de mi, sube donde nace mi pensamiento y le abraza como a un niño que tiembla de frio. Ahora baila él conmigo en una simbiosis invisible. Abro los ojos. Nunca había visto algo tan perfecto. La vida surge ante mi y no lo había percibido antes desde este ángulo, normalmente tan obtuso. Todo fluye, comprendo la dinámica de la misma forma que un matemático demuestra un teorema. El Sol oculta lentamente el silencio imperfecto, y completo al mismo tiempo, de este momento. Es la primera vez que entiendo algo sin resquicios, algo tan imposible de entender como la belleza.
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