Antes de abrir la puerta ya intuía en mi pecho su sonrisa. Ya sabía que el silencio nos atraparía unos segundos, esos que parecen eternos. Ya conocía la broma que haría para romper el miedo, ya notaba mis labios estirarse en una mezcla de nerviosismo y alegría. Y ahí estaba, con su aire dorado en la piel filtrándose desde su aura. Llevaba su camiseta favorita, o era la mía, no lo recuerdo bien, tan negra como todo lo que complementa su cuerpo mediterráneo. Adoro sus gafas de aviador. Habla deprisa, me cuenta mil historias de las que sólo recuerdo su risa en algún momento. Sonrío y sonríe.
Hoy todo tiene su olor. Hoy sólo aspiro a cerrar los ojos y sentir ese momento, cuando abrí mis brazos rindiéndome. Cuando tres minutos de vuelta a sus brazos me dieron la calma que he perdido todo este tiempo.
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