No encuentro palabras para ti. No existen. Supongo que hacer el intento de sostener el Sol en mi pecho es más plausible. Te regalaría un cuaderno en blanco para que escribieses de nuevo nuestra historia. Te daría una pluma de nácar y así nada sería impuro. Pondría mi sangre de tinta para que fueses fiel a tu corazón, y no a esas mentes que hemos querido llamar humanas por una necesidad de consistencia con nuestro pasado.
Sé que estás ahí en algún lugar de tu memoria, y no me importa cuántas noches te cubras el rostro con palabras de cristal. Sé que detrás de esas heridas sigues ahí. Quiero creerlo. No te echo de menos a ti, echo de menos el matiz dorado que adquirían los días de invierno a tu lado. No echo de menos tus abrazos, añoro sentir que el mundo caía por un precipicio mientras yo me aferraba a ti.
Echo de menos la inocencia de cada latido.