No sé escucharla sin que su voz talle una sonrisa invisible en mi. No sé abrazarla sin pensar que está contando seis segundos de silencio. No sé calmarla cuando me cuenta que los cimientos del Sol han caído de su pecho. Sólo se mirar la magia en la profundidad de sus ojos, y oír crecer su risa entre los murmullos de la ira que podrían vencer el pulso. Ella, diminuta pequeñez de pupilas que arrastra muros caídos de inocencia tras la vida que se oculta entre las paredes de su corazón. Ella, pequeña comunista forjada en el color granate de su historia, de su hermana, de su guerra. Ella, roja como ninguna otra flor de este jardín repleto de tristes, vacíos y oscuros pensamientos. Ellos, amiga, nunca han visto en las estrellas la ilusión de una utopía.
Precioso.
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