Noches de ti, de tu piel, de tu voz, de mi adicción callando a gritos que me arañes. Cuéntame todas tus constelaciones de pasados que han echado raíces en tu interior. Quedarme mirando un punto fijo pensando en ti, y el tren moviéndose, agitándome a mi a través de la tormenta de oscuridad hacia las luces metálicas del horizonte. Un horizonte al que no tengo miedo, no mucho. Y dejar detrás un rincón apagado que, por avatares de la ironía, ilumina mi esperanza. Que me deje de importar si tienen sentido estas palabras. Lo tienen para mi. Escribir deprisa, como si me diese igual la forma y ahora mis dedos se guiasen por el recuerdo de tu tacto. Y yo que pensaba que no tenía nada de artista, vas tu y vienes a darme el mejor instrumento que pueden rozar mis manos.
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