Lo sé, con certeza aunque hayamos pulverizado
las pruebas de que hubo estrellas. Un día, y no hace tanto desde que tus ojos
calmaban mis gritos. Cuántos esperpentos hemos transformado poco a poco en
existentes. Dime dónde comenzó. Dime qué hice y cómo respondiste esa primera
vez. Esa semilla, tu cólera, la mía. La nuestra.
¿Tan ciego fue tu rostro que no vio el mal
del que ahora renuncias? Un silencio nunca miente, y en su esencia encontré una
lágrima que ocultaste entre mi hombro y mi alma. Tú. ¡Tú! Mi alma. Eso que
fuiste. Mi vida, mi pasado. Mi historia. La guerra de sonidos estridentes que
nunca deja dormirnos. La tormenta que se fraguó y creció junto al odio más
violento. Ojalá estuvieses aquí mirándome y no dudases en clavarme cualquier metal.
Cualquier objeto tuyo que hiciese frío un momento entre tú y yo. Cualquier puñal
que te dé lo que ya nos hemos arrebatado. Y tú ahora gritas, ensordeces el
silencio de la distancia fingida que pactamos. Somos ascuas separadas. Somos vida
en tanto en cuanto que quitamos la de otra. Tú, mientras tanto, sigue así. Sigue
mintiendo y mintiéndote mientras puedas, que yo jamás, ¡jamás! Podré recordarte
sin que una fuerza que no consigo explicar me arranque algo de lo más profundo.
Y así caminaré. Con tu marca, y tú con la
mía. Pero… ya no pienso tanto en ti.
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